MATRIMONIOS INTERCULTURALES

Amor sin barreras
Comenzar una vida en pareja implica unir en un mismo hogar dos mundos distintos. Pero cuando esta relación involucra a dos personas de distinta nacionalidad –y por ende, de distintas culturas- estas diferencias  pueden hacerse aún más patentes. Tres chilenas nos cuentan cómo ha sido la experiencia de llegar al altar con un extranjero.

Por Boda Soñada

Amor en el ascensor
Carolina Sepúlveda (chilena, 36 años) conoció a su actual marido, Alejandro (venezolano, 42 años) en un ascensor. Más específicamente en el ascensor del edificio donde ambos vivían. Entre tanto subir y bajar, coincidieron varias veces, pero al principio no hubo más que saludos. Hasta que Alejandro dio un paso adelante y en unos de esos trayectos, antes viajar a España (es piloto de Lan Chile) le pidió a Carolina su número de teléfono.
Tal como acordaron, Alejandro la llamó a la vuelta de su viaje. “Nos juntamos a cenar y desde ahí no nos separamos más” recuerda Carolina. Eso ocurrió hace seis años y hace menos de uno contrajeron matrimonio, en una ceremonia muy especial: él vestido con el traje típico de Venezuela (liqui-liqui) y ella, de huasa. El cóctel también representó esta unión de dos países: con preparaciones venezolanas -como arepas y tequeños- y bocados criollos, como empanaditas y brochetas. Para beber, harto ron y whisky, los tragos preferidos de los invitados venezolanos, dice Carolina. El tradicional vals de los novios esta vez fue reemplazado por un vals venezolano, aunque también hubo cuecas y tambores, baile típico de Venezuela.
El matrimonio comenzó a las 12 del día y –como buenos venezolanos, acota Carolina-terminó cerca de las dos de la mañana. Es que, a su juicio, los oriundos de esta tierra son de tiro largo y están siempre dispuestos a pasarlo bien.
“Al venezolano, como a cualquier caribeño, tú le pones un trago, música y cualquier cosa para comer, y ellos hacen tremenda fiesta. Por lo general, son fiesteros, hablan muy fuerte y usan términos bien distintos a los chilenos”, señala Carolina.
“En general, a mí me viene bien la forma de ser de ellos, les encanta bailar, juntarse con amigos en las casas y no andan preocupados de qué va a decir el resto”.
“Mucha gente dice que son machistas, pero yo diría que no, que el chileno lo es más. Por ejemplo, si la mujer de un venezolano gana más plata que él, mucho mejor para ellos, si es que eso les sirve para pasarlo mejor. En ese sentido son más abiertos”, asegura. Otro ejemplo: “A ellos no se les va a ocurrir decirle a una mujer, ésta es tu parte de la cuenta, paga. Son extremadamente caballeros y una tampoco puede enojarse porque te abren la puerta del auto”.
“¿Qué es lo que me complica? que ellos, por ejemplo, un día martes pueden poner la música a todo volumen y tú estás -como toda chilena- diciéndoles oye, baja la música, que los vecinos o que hablen más despacio”, responde Carolina.
Un detalle no despreciable, dice Carolina, es que están acostumbrados a que sus mujeres se ‘produzcan’ bastante. “Si vas a salir, aunque sea a la casa del vecino, tienes que arreglarte, maquillarte, hacerte las manos. Ellos son súper preocupados de ese tipo de aspectos en que las chilenas somos más relajadas”. Como contraparte, afirma que los hombres también son muy preocupados de su apariencia. “Se visten muy bien, yo diría que mi marido incluso tiene más ropa que yo. Y yo soy trapera”, recalca.
“Les gusta que su mujer se preocupe de estar bonita, de la ropa para dormir, les encanta llegar a la casa, y que esté el vinito, una comida rica, las velitas y todo eso. Ellos también son bien preocupados de los detalles y no se le olvidan de  fechas importantes”.
Y a propósito de comida, Carolina dice que éste es otro ítem donde las diferencias se notan. “Toman un desayuno que uno dice ‘¡nadie puede comer esto en la mañana!’, con porotos negros, con carne, con todo. Mi marido ya se acostumbró un poco a los desayunos de acá, pero los fines de semana hacemos arepa, que es el pan de allá”.

Chilenos ‘fomes’
Al igual que los venezolanos, Carolina encuentra que los chilenos son un tanto aburridos. “La última vez que pololeé con un chileno fue como a los 23 años. El resto fueron extranjeros, porque de verdad encuentro que el chileno es muy fome, te invita a salir, a tomar un trago y tienes que conversar por 4 ó 5 horas, entonces piensas, ‘pucha, hagamos otra cosa’, no tienen eso de compartir con los amigos, que sí tienen los venezolanos”.
Depresiones, tristezas y estrés son vocablos casi ausentes en el diccionario mental de los venezolanos. “Mi marido me dice qué pasa aquí, que todo el mundo ha ido al psiquiatra o está con estrés, porque ellos en Venezuela salen de trabajar y chao, no se habló más de la pega, en cambio nosotros no nos desenchufamos nunca. Chile es un país súper triste y eso se nota mucho”.
Afrontando diferencias: “Creo que las diferencias que tienes con tu pareja cuando es extranjero, las aprecias en forma distinta. Cuando estás con una pareja que ha vivido lo mismo que tú, (estudió, vivió lo mismo)  la empiezas a comparar contigo. Si tiene tal o cual reacción, la encuentras mal porque la evalúas desde tu mismo punto de vista. En cambio, en este caso, no tienes punto de vista, porque fuimos criados de distinta manera, y así empiezas apreciar las cosas distintas. Además. es súper bueno tener la posibilidad de conocer cómo nos ven desde fuera otras personas, y también poder juzgarnos un poquito respecto de aspectos en que nos creemos súper top y que en realidad no lo somos tanto”.

Chile con Carne
Hablar inglés y francés -además de su español nativo- fue clave para Sara Morales (48 años, chilena). Ello le permitió ser contratada como interprete de un grupo de canadienses que en 1990 visitó nuestro país, y entre los que estaba su futuro marido, Rodney Mc Rae (53 años). Ella venía saliendo de un matrimonio que había dejado como fruto una hija, en ese entonces de 6 años.
“Como mi idioma favorito era el francés intentamos entendernos con él y todo fue muy fácil, mezclábamos un poco el inglés, el francés y yo trataba de enseñarle un poco de español, ya que él lo único que sabía decir era ‘ándale, ándale’ y ‘chili con carne’”.
Al poco tiempo de conocerse, él tuvo que viajar al norte del país, por trabajo (ingeniero en minas). “No nos vimos en tres meses, pero el no dejó de enviarme largas y románticas cartas esperando la oportunidad de reencontrarnos nuevamente”.
A su regreso, fueron a conocer Viña del Mar, Reñaca y Con Cón, lugar en que vivirían por 15 años, antes de irse a Canadá, en 2005.
“Después de unas dos semanas, me pidió comenzar una vida juntos con mi hija. Recuerdo muy bien una frase que él dijo: “si yo te amo a ti, yo amo también a tu hija’. En efecto, desde que Rodney la conoció, quiso entrañablemente a mi hija, así se ganó el corazón mío y el de ella también, creo que ésa fue la razón más importante para enamorarme de él”.
Boda para tres: A partir de entonces comenzaron una relación estable. “Después de 10 años juntos, una noche me invitó a cenar a un restaurante mexicano,  y con mariachis y todo me pidió que uniéramos nuestras vidas en matrimonio legal. Decidimos casarnos en Australia, donde vive gran parte de su familia. Nos fuimos los tres (mi hija en ese entonces tenía 17 años) y cuando llegamos allá, ya casi todo estaba preparado para nosotros. Nos casamos  el 1 de enero del 2000, a las 4 de la tarde de allá, que eran las 00:00 en Chile, justo en el cambio de milenio”.
“La ceremonia fue en la ciudad de Perth, en un maravilloso parque a orillas del río Swan. Yo llevé un hermoso traje de novia desde Chile y mi hija también estuvo vestida de blanco. La ceremonia fue con familia, amigos y algunos paseantes del mismo parque que se quedaron a mirar. Al final Rodney me dio una hermosa sorpresa; tenía anillos no sólo para nosotros, sino también para mi hija, Melina y un hermoso discurso, donde los tres pasábamos a ser una unión de por vida. Después tuvimos nuestra pequeña Luna de Miel, de regreso a Chile, pasamos cinco días en Tahití.”
Vida de pareja: “Ha habido muchas diferencias, pero nada tan grave como para desistir de la relación -dice Sara- como sacarse los zapatos y andar descalzo en  la casa, costumbre que nunca me gustó, pero que ahora, que vivo en Canadá, entiendo mejor, ya que acá es habitual”.
“Desde un principio fue muy diferente a otras relaciones; él me dejaba ser, sin preguntarme nada, si quería salir sola a entretenerme, si tenía un hobby, en todo me apoyaba, no es celoso -o por lo menos no lo demuestra- pero increíblemente demostrativo con el amor que tiene, muy  romántico y soñador”.
Otra diferencia está en los hábitos de comida. “El toma un buen desayuno, con cereales y una cena abundante, a las 7 de la tarde, pero no almuerza, sólo pica algo a esa hora, cuando para mí esa era la comida más importante del día. Además no compra ningún alimento sin antes leer todo su valor nutritivo. Puede pasar horas buscando los alimentos de mejor calidad y vive tomando vitaminas, conducta que adopté con el tiempo”.
Dice que los canadienses son un poco inocentes con las amistades, “cree que todos son sus amigos. Si alguien le decía  mañana te llamo, se quedaba esperando la llamada, ese tipo de cosas que decimos los chilenos como ‘nos vemos, te llamo’ y que nunca pasan.
Al principio le costaba aceptar que su marido tuviera conductas que llamaban la atención de los demás, como darle un beso en la calle o salir con su mascota a cenar. “Teníamos un loro, al que siempre llevaba en el hombro. Y cuando salíamos a comer, le pagaba a los mozos del restaurante para que lo dejaran entrar y lo colocaran en una planta, mientras nosotros cenábamos”.
Hay diferencias respecto de los chilenos que Sara valora bastante. “Noto en los hombres canadienses un mayor respeto al matrimonio. Cuando se casan parece que definitivamente no quieren buscar más y se entregan 100% a esa relación. No andan tratando de demostrar, como algunos chilenos, que ‘estoy casado, pero no muerto’. Además no ven a la esposa como alguien que tiene que servirles, si no como una compañera en la vida. Por ejemplo, si él tiene hambre se prepara sólo algo para comer, nunca te lo pide, saben cómo lavar ropa y planchar”.

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